Querernos, autocuidarnos y valorarnos por quien somos no es algo innato. La autoestima no es algo con lo que nacemos: se va forjando a partir de las relaciones con los demás, las palabras que escuchamos sobre nosotros y las experiencias que vivimos a lo largo de los años.

En este artículo veremos qué es la autoestima, cómo se construye desde la infancia y cómo podemos trabajarla en la vida adulta cuando algo no va bien.

«La autoestima no se hereda. Se construye, palabra a palabra, mirada a mirada.»

Qué es la autoestima y cuál es su origen

La autoestima da nombre a la valoración que tiene una persona sobre sí misma. Se desarrolla a partir de la percepción que tenemos de nuestras propias cualidades, habilidades y forma de ser. Es, en el fondo, un ejercicio de autorreconocimiento que influye directamente en cómo nos comportamos en el mundo.

Una autovaloración positiva es clave para el desarrollo individual y para nuestras relaciones con los demás. No es solo una cuestión de «quererse a uno mismo»: una buena autoestima es señal de seguridad, autonomía y capacidad de relacionarse con sanidad.

Pero hay algo importante que muchas veces se nos olvida: la autoestima cambia con el tiempo. Se moldea según la relación que tenemos con nuestro entorno y el impacto que ese entorno tiene sobre nosotros. No es algo fijo. Y eso, aunque a veces duele, también es la mejor noticia que podemos darle a alguien con baja autoestima: se puede reconstruir.

Cómo se forma la autoestima en la infancia y la adolescencia

Para entender cómo se forma la autoestima en niños y adolescentes, es importante analizar dos influencias fundamentales: la familia y el grupo de iguales.

PRIMEROS AÑOS

El papel de la familia

Los niños y niñas forjan su autoimagen a partir de la mirada que les devuelve su entorno cercano: padres, madres, hermanos mayores, educadores. Si reciben mensajes positivos («eres capaz», «te queremos»), interiorizan una sensación de valía. Si reciben crítica, exigencia o desprecio constante, construyen una autoestima frágil y se rechazan a sí mismos.

PREADOLESCENCIA Y ADOLESCENCIA

La influencia del grupo

A partir de cierta edad, el grupo de iguales — amigos, compañeros de clase — se convierte en el motor principal de la autoestima. Apodos hirientes («cuatro ojos», «ballena», «dientes de alambre») o exclusiones en esa etapa marcan complejos que muchas veces llegan a la vida adulta sin que la persona lo sepa.

Por eso es tan importante cuidar la autoestima desde el principio y, si ya estamos en la vida adulta arrastrando heridas, aprender a tratarnos con respeto y reconstruir lo que en su día se rompió. Si sientes que ese trabajo está pendiente en ti, en POP Empower contamos con un servicio de terapia para autoestima online.

A qué edad se forma la autoestima y cómo sigue cambiando

La autoestima aparece antes incluso de que sepamos identificarla. Se calcula que entre los 3 y los 6 años empezamos a desarrollarla. Pero, como hemos visto, es mutable: va variando a lo largo de toda la vida.

Estas son las etapas en las que se va moldeando:

3-6

Primera infancia

La autoestima se construye casi por completo a partir de papá y mamá (o las figuras de referencia). Las palabras y los gestos que reciben los niños se convierten en su voz interna futura.

7-12

Niñez y preadolescencia

La escuela y los amigos empiezan a tener un peso enorme. Los logros académicos, deportivos o sociales se convierten en marcadores de «soy capaz» o «no doy la talla».

13-18

Adolescencia

El grupo de iguales se convierte en la pieza clave. Aceptación, primeras relaciones, redes sociales y comparación constante moldean profundamente la imagen de uno mismo.

18+

Vida adulta

Trabajo, relaciones de pareja, maternidad o paternidad, pérdidas, éxitos profesionales… cada experiencia adulta puede sumar a tu autoestima o restarle. Por suerte, también puede repararla, especialmente con acompañamiento profesional.

Buena noticia

La autoestima se construyó. Y eso significa que también se reconstruye.

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Cuando la historia de tu autoestima duele: la posibilidad de reconstruirla

No es algo extraordinario: hay muchísimas personas a las que les cuesta autovalorarse. Decir algo bueno de sí mismas, ya no solo a nivel físico, sino también de sus cualidades o habilidades. Malas experiencias del pasado han hecho que se miren en un espejo opaco, empañado, que no refleja quiénes son en realidad.

Por eso es tan importante aprender a «limpiar el cristal», mirarte de nuevo, y hacerlo con cariño esta vez.

El trabajo es que ese «no vales» que oíste de pequeña/o se vaya transformando, poco a poco, en un «qué bien lo haces, sigue así».

Para empezar a hacerlo, hay acciones cotidianas que ayudan:

  • Prestar atención a cómo te hablas a ti mismo/a durante el día.
  • Reflexionar sobre tus cualidades reales, no solo sobre lo que falta.
  • Rodearte de personas que te traten con respeto y te valoren por quién eres, no por lo que aportas.
  • Identificar y poner nombre a las experiencias del pasado que dejaron huella.

Y, por supuesto, además de estas acciones, el acompañamiento de un profesional marca una diferencia enorme. Un psicólogo o psicóloga puede ayudarte a cuestionar cómo te ves, a entender cuánto vales realmente y a devolverte una imagen sobre ti lo más objetiva posible. La clave está en reparar el impacto de todas esas miradas desacertadas o injustas que recibimos cuando éramos pequeños y aún no podíamos defendernos de ellas.

Cuando reconoces que tu autoestima necesita trabajo, pero no sabes por dónde empezar

Si has llegado hasta aquí, probablemente ya tengas claro que esto es algo que quieres trabajar. Y eso, en sí mismo, ya es un paso. Lo siguiente — encontrar al profesional adecuado, decidir si la terapia es para ti, dar el paso — es justo donde mucha gente se queda atascada.

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